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jueves, 17 de mayo de 2012

LAS 10 FRASES QUE NO DEBERIAS DECIRLES A TUS HIJOS


LAS 10 FRASES QUE NO DEBERIAS DECIRLES A TUS HIJOS
•Eres tan…: Esta frase es una de las más comunes que los padres utilizan sin saber la magnitud de lo que pueden ocasionar. Se presta mucho para asignarle etiquetas a los niños: “Eres tan tonto”, “Eres tan insoportable”, etc. Aunque tus intenciones no sean dañarlos, estás asignándoles una cualidad que puede no ser real, sino únicamente tu percepción sobre ellos. Lo mejor es decirles frases como: “En este momento te estás comportando mal”, así no los etiquetas pero les haces ver que su conducta no es la adecuada.
•No llores: Es común que, sobre todo a los niños, se les diga desde pequeños “los hombres no lloran”, sin embargo los especialistas afirman que este no es un buen recurso. Lo único que se logra es que los niños entiendan que llorar está mal o que las emociones son algo vergonzoso que debe esconderse y a la larga esto puede traer problemas de emociones reprimidas que hacen más mal que bien. Lo mejor es usar frases como: “Sé que estás triste porque...
•Te voy a acusar con tu papá: Esta frase también parece ser una de las favoritas de las mamás porque les permite desentenderse del problema, pero tiene varias desventajas: disminuye la autoridad de la propia madre que delega la responsabilidad en el papá, otorga un rol negativo al pobre padre que ni la debe ni la teme y los hijos acaban por sentir miedo del momento en que el progenitor llegue a casa. Además, es probable que cuando lo haga, ya se te haya olvidado la razón del conflicto o decidas dejarla pasar.
•Déja de molestar: Si cada vez que tu hijo quiere tener un acercamiento contigo oye como respuesta esa frase, lo más seguro es que se forme en él la idea de que nunca tienes tiempo para él y que no vale la pena acercase ya que siempre lo haces a un lado. Lo mejor es explicarle que en ese momento estás ocupado/a pero que más adelante le dedicarás un rato a jugar con él. Establecer reglas y horarios para pasar dedicarles tiempo de calidad a los niños es una excelente idea.
•Aprende de tu hermano/a: Las comparaciones en el hogar son cosa de todos días. Lo peor es que parece que los padres no nos damos cuenta de cuánto puede llegar a afectar la comparación, ¡como si hubiéramos olvidado cuando nos pasaba a nosotros! Los niños pueden llegar a molestarse demasiado al escuchar esa frase. Lo mejor es aceptar que cada niño es diferente y se desarrolla a su propio ritmo. Debes darle la oportunidad de ser auténtico y diferente. No tiene que ser la copia de sus hermanos, ni aún del mejor portado o el más estudioso.
•Puedes hacerlo mejor: Aunque parece ser una manera de infundirles ánimo para hacer las cosas mejor, puede resultar contraproducente y hacerles sentir que por más que hagan su mejor esfuerzo nunca hacen las cosas bien y que son buenos para nada. Si sientes que tu hijo no está haciendo las cosas de la mejor manera, recuerda que tú estás ahí para enseñarle cómo, pero siempre de buen modo. No los hagas sentir como que nunca hacen las cosas bien porque se pueden quedar con esa idea y mermar la confianza en ellos mismos.
•Si no te portas bien te voy a...: Las amenazas que no se cumples tienen un efecto negativo en los niños. No debes decirles que tomarás cierta medida si no estás dispuesto a cumplirla. En lugar de amenazar, sobre todo a los más pequeños que tienden a repetir las travesuras independientemente del castigo que les des, es mejor alejarlos de la situación y llamar su atención hacia otra actividad.
•Apúrate: Esta es una buena manera de transmitir el estrés de tu vida a tus hijos. Si todo el tiempo les estás gritando porque ya se hizo tarde, al final ellos terminarán sintiéndose tan o más presionados que tú. Trata de mantener la calma, levántense más temprano y midan el tiempo que necesitan para la preparación diaria antes de salir de casa. Preparar algunas cosas la noche anterior para tenerlas listas en la mañana puede ser una buena opción.
•Sólo me das disgustos: Con esta frase los niños sentirán que son una carga o estorbo para los padres y más que darles felicidad les dan molestias. Es una manera de decirles que no los quieres y se sentirán profundamente tristes y llenos de un sentimiento de rechazo y desamor. Trata de explicarles mejor que no se está comportando de la manera adecuada y que eso te está molestado. Recuerda, la observación va sobre su comportamiento, no sobre él niño mismo.
¡Bien hecho! Un elogio siempre es bueno, pensarás. Sí y no. Es bueno en el momento y el contexto adecuado. Decirlo en situaciones ambiguas no sirve de mucho, y repetirlo por cualquier cosa (como cuando se toma la leche o hace un dibujo) pierde su significado. Por eso es mejor elogiar los logros que requieren un esfuerzo real y hazlo sobre el comportamiento en lugar de al niño: “Estuviste tan quieto con tu rompecabezas mientras terminaba este trabajo, tal como te lo pedí”.
Publicado por Suzanne Powell en :http://suzannepowell.blogspot.com.ar

lunes, 18 de abril de 2011

Tengo miedo! tengo miedo!

El miedo no es zonzo, decía mi “abuela” y lo repetía mi madre con una sabiduría que no viene de los libros sino de la experiencia. Sí, el miedo no es zonzo, por eso hay que escucharlo y de eso vamos a hablar. Claro, cómo va a ser zonzo con lo inteligente que son nuestras emociones (porque el miedo es una emoción). Es la inteligencia del cuerpo y la psiquis la que está detrás de estás manifestaciones y es nuestra razón que pueda dar algo de luz a lo que allí, como señal más o menos intensa o incluso violenta, se manifiesta.

La emoción se caracteriza por su brevedad y violencia, lo que la lleva a absorber totalmente el campo de la atención. Todo el psiquismo y el organismo en su conjunto se orienta hacia aquello que provoca la emoción: vista, oído, argumentos, recuerdos y, por ejemplo, en el caso del miedo, la descarga de adrenalina en sangre hace que la actividad cardíaca se acelere y la respiración se haga más profunda. La reacción puede ser la huida, la paraliza, un estado de alerta donde todos los sentidos se focalizan en algo: un ruido, movimiento, etc. Wundt define a las emociones como “una fuerte llamarada del sentimiento” Sí, están allí para demostrarnos que estamos vivos. Son señales que no podemos desatender.

El problema es que fuimos educados en el miedo: anécdotas del hombre de la bolsa, de “la befana” (una especie de bruja) , del infierno, de los “pelos en la mano”, de que los Reyes Magos no te traían regalos si te portabas mal, etc. Pero esto no es nada, también se nos educó en el miedo a la muerte, a ser libres, a los otros, a amar, a “poder”, a “vivir”...

Norberto Levy en su libro La sabiduría de las emociones, nos habla de lo importante que es ver las emociones, incluso las consideradas como “conflictivas” (como el miedo), en su condición de señal. El usa la imagen del tablero de luces del auto, que indican que algo está fallando...; que hay un problema a resolver. Remiten a ese problema a resolver, pero ellas –las emociones mismas- no son el problema. Así, la emoción es aprovechada cuando uno comprende que problema específico detecta esa emoción, pudiendo abocarse a la resolución del mismo.

¿Qué es el miedo?: el miedo es esa sensación de angustia que sentimos ante la percepción de una amenaza. ACLARACIÓN: es cierto que puede hacerse una distinción entre miedo (más puntual, concreto, localizado en un objeto) y temor (más vago e indeterminado), pero nosotros hablaremos aquí de miedo en sentido amplio, abarcando también la noción más genérica de temor.

¿Y qué señala?: señala la desproporción entre lo que sentimos como amenaza y los recursos con los que contamos o sentimos que contamos para enfrentar eso amenazante. Pero, por confusión o ignorancia convertimos al miedo en una emoción negativa...!!!! Esa 1ra emoción genera una 2da. que es como su consecuencia: vergüenza, humillación, rabia, impotencia.

Dice Levy que se da entonces esta secuencia:
a- se percibe una amenaza
b- reaccionamos con miedo
c- hay una respuesta interior a ese miedo (la reacción en cadena)

Y esta respuesta interior es clave, porque agravará o atenuará esa sensación original de miedo, pero lo habitual es su descalificación. Sí, hay una descalificación del miedo, se lo considera pura perturbación, emoción indigna y se cree que el problema es el miedo en lugar de verlo como una llamada de atención. No hay miedos injustificados!!!!! Por eso hay que tener una nueva mirada frente al miedo. Hay que dejar de convertir al MIEDO en un problema para verlo como señal de la existencia de un problema. Eso sí, ignorar la señal sí puede ser peligroso. Se trata de un verdadero aprendizaje para poder aprovechar lo que quiere decirnos...

Un supuesto equivocado es el de que todos contamos con los mismos recursos para enfrentar los miedos y que algunos, aunque los tienen, no los enfrentan, son cobardes. Esto es falso y además, termina estigmatizando a la persona, porque los seres humanos disponemos de distintos instrumentos para enfrentar las amenazas y si estas superan nuestros recursos, ahí aparece el miedo. Pero no basta con tener los recursos, es necesario saber que uno los tiene.

Otro riesgo que hay que evitar es el anestesiar al miedo. No es raro que ese miedo a ser catalogados como cobardes o a ser rechazados nos lleve a negar, ignorar, enmascarar el mismo miedo: ¡Yo no tengo miedo! ¡Qué peligro! Es perder de vista su carácter de señal... El miedo tiene que ser escuchado: no hacerlo llevará a instalar un miedo crónico que agrave progresivamente una situación; un círculo vicioso que lleva, por ej. a ataques de pánico. El aspecto miedoso se calma cuando es escuchado con respeto. Las cosas no son así por naturaleza, no nacimos con el miedo a algo, es algo que se fue instalando desde hace mucho tiempo y con ese miedo a algo nos acostumbramos a vivir. Pero el aspecto miedoso no quiere vivir con miedo, quiere que se lo ayude a superarlo, que se lo ayude a desarrollar sus capacidades potenciales, por eso hay que escucharlo. Por eso puede pasar de ser un lastre a un colaborador activo.

Curar el miedo es transformarlo de disfuncional (que angustia, inhibe, desorganiza, bloquea) en funcional (señal), y esto tiene que ver con la respuesta interior que podamos ir dando y esta respuesta interior tiene que ver con la actitud que nuestro evaluador interno asume frente a nuestro aspecto temeroso. En esa relación se juega buena parte de nuestra realidad psicológica, que puede ir del sufrimiento a la cura.

Nuestro “evaluador interno” tiene reconocer que existe el aspecto temeroso, su derecho a estar como está y escucharlo y respetarlo, lo que no significa que no le expresemos nuestro desacuerdo, pero sin imposiciones. Levy propone un técnica psicodramática para abordar este proceso de cura o resolución del miedo que consiste en un diálogo interior entre nuestro “critico interno” y nuestro aspecto temeroso”:

Fuente: Eduardo D. Rodríguez

Decir la verdad a sus hijos

A veces intento imaginarme como reaccionaría una persona que hubiese crecido en otro planeta, en el cual a nadie se le hubiese ocurrido pegar a los niños. Quizás algún día gracias al progreso espacial, se podrá viajar de planeta a planeta y seres de costumbres completamente diferentes llegarán a nuestra tierra. ¿Qué sentirán entonces en su mente y en su corazón cuando vean a un adulto humano vigoroso precipitarse sobre niños pequeños indefensos y pegarles en un arrebato de furor?
Hoy en día es todavía práctica corriente creer que los niños no están dotados de sensibilidad y persuadirnos de que todos los sufrimientos que les infligimos no tienen consecuencias o en todo caso de menor importancia que en los adultos, precisamente porque son « todavía niños ». Por esta misma razón, hasta hace poco tiempo las operaciones sin anestesia estaban autorizadas en los niños. Peor aún, la circuncisión y la extirpación se consideran en numerosos países como costumbres tradicionales legítimas igual que los ritos de iniciación sádicos...

Pegar, golpear a un adulto se denomina tortura, pegar a los niños lo llamamos educación. ¿Por qué no es ésto suficiente para poner claramente y netamente en evidencia la existencia de una anomalía que perturba el cerebro de la mayoría de la gente, una « lesión », un enorme vacío justamente ahí donde deberíamos sentir la empatía en particular HACIA LOS NIÑOS ? En el fondo esta observación es más que suficiente para probar la exactitud de la tesis según la cual el cerebro de todos los niños, a quienes se les ha pegado, conservan secuelas porque, ¡prácticamente todos los adultos, son insensibles a la violencia que infligimos a los niños!
Dado que las torturas que sufren los niños son negadas y rechazadas por la mayor parte de la gente, se podría suponer que este mecanismo (de protección ) forma parte de la naturaleza humana, evita sufrimientos y desempeña incluso un papel positivo en el ser humano. No obstante existen al menos dos hechos que contradicen esta aserción. En primer lugar es justamente cuando negamos los malos tratos sufridos que los transmitimos a la siguiente generación, impidiendo así la interrupción de la cadena de la violencia y en segundo lugar, el recordar lo que hemos sufrido permite le desaparición de los síntomas de enfermedad.
Está demostrado hoy que el sacar a la luz los sufrimientos vividos en nuestra infancia en presencia de un testigo compasivo conduce a la anulación de los síntomas físicos y psíquicos (como la depresión); este hecho nos obliga a tener que buscar nuevas formas de terapia, ya que manteniéndonos en la negación de nuestra realidad no encontraremos la liberación, sino mas bien enfrentándonos a nuestra propia verdad con todo lo que conlleva de doloroso.

A mi parecer, las mismas conclusiones se pueden aplicar en la terapia con los niños. Durante mucho tiempo pensé, como la mayoría de la gente, que los niños necesitaban de la ilusión y del engaño para poder sobrevivir puesto que enfrentarlos a la realidad sería demasiado doloroso para ellos. Sin embargo, hoy estoy convencida, de que lo que es válido para los adultos los es también para los niños: quien conoce la verdad sobre su historia está protegido de enfermedades o desórdenes de cualquier tipo. Pero para ello, la ayuda de sus padres les es indispensable.

Numerosos son los niños que presentan problemas de comportamiento en la actualidad y numerosas son también las proposiciones terapéuticas. Desgraciadamente estas se apoyan en general en conceptos pedagógicos según los cuales es posible y necesario inculcar adaptación y sumisión con los niños « difíciles ». Se trata de la terapia conductista que consiste en una cierta « reparación » del niño.
Todas ellas tienen en común el callar o ignorar el hecho de que cada niño problemático expresa con su comportamiento la historia del no respeto de su integridad, que empieza en su más tierna edad como lo muestran mis investigaciones (ver mi artículo del 2006 « La impotencia de las estadísticas », todavía no traducido al español) entre 0 y 4 años, momento en el que se está formando su cerebro. La mayoría de las veces este momento de su historia cae en el olvido.
No obstante, no se puede verdaderamente ayudar a un ser lastimado a curar sus heridas si nos negamos a verlas. Afortunadamente las perspectivas de curación son mejores en un organismo joven y ésto es igualmente válido con los problemas psíquicos. El primer paso a dar sería pues el de prepararse a mirar de frente sus propias heridas, tomarlas en serio y cesar de negarlas. Ésto no tiene nada que ver con una « reparación de trastornos » en el niño, se trata mas bien de curar sus heridas por medio de la empatía y de una información justa y verdadera.

Para que el niño llegue a su pleno desarrollo emocional (sus verdadera madurez) necesita mucho más que el simple aprendizaje de adaptación a la norma. Para que no desarrolle mas tarde ni depresión ni desarreglos alimenticios, ni caiga en la droga, necesita acceder a su historia. Pienso que con los niños maltratados los esfuerzos educativos e incluso terapéuticos, aún realizados con las mejores intenciones, están condenados al fracaso si la humillación vivida no ha sido evocada nunca o dicho de otra forma si el niño está solo con su vivencia. Para poder quitar esta armadura que aísla (la soledad frente a su secreto) los padres deberían encontrar el valor necesario para reconocer su culpa para con el niño. Esto cambiaría completamente la situación. Podrían decirle por ejemplo en el transcurso de una tranquila charla:
“Te pegábamos cuando eras todavía pequeño porque a nosotros nos educaron así y pensamos que era de esta forma como había que hacerlo”. Pero ahora sabemos que nunca deberíamos habernos permitido pegarte y sentimos en el alma la humillación que te causamos y el dolor que te hemos infligido, no lo volveremos a hacer nunca más. Y si ves que lo olvidamos, te pedimos por favor que nos recuerdes la promesa que te acabamos de hacer.

Existen ya 17 países en los cuales se penaliza el pegar a los niños porque simplemente está prohibido hacerlo. Durante los últimos 10 años hay cada vez más gente que comprende que un niño al que se le pega, vive asustado y crece con el temor del siguiente golpe, alterándose así muchas de sus funciones normales. Entre otras, no será capaz más tarde de defenderse si le atacan o el miedo le producirá un choque desproporcionado. Un niño que vive bajo el temor puede difícilmente concentrarse con sus deberes tanto en casa como en la escuela. Su atención se centra más en el comportamiento de sus profesores o padres que en lo que debe aprender, ya que nunca sabe cuando « la mano se va a escapar ». El comportamiento de los adultos le es completamente imprevisible y por ello está constantemente en estado de vigilia. El niño pierde toda la confianza en sus padres que deberían, como todo mamífero, protegerlo de las agresiones exteriores y en ningún caso agredirlo. Desprovisto de esta confianza se siente inseguro y solo, porque además toda la sociedad está del lado de los padres (adultos) y no de los niños.

Estas informaciones no son una revelación para él, puesto que su cuerpo lo sabe ya desde hace mucho tiempo. Pero la decisión de sus padres de no huir ya delante de estos hechos, y el valor de reconocerlos produce sin duda en él un efecto benéfico liberador y duradero.Nos presentaremos así como un modelo hecho no solamente de palabras, sino de la actitud, que se necesita para actuar tal como se piensa con el respeto de la verdad y de la dignidad del niño y no con violencia y falta de dominio de sí mismo. Como los niños aprenden de la actitud de sus padres y no de sus palabras esta confesión será más que positiva. El secreto con el que el niño vivía, ha sido por fin desvelado e integrado en la relación que puede establecerse a partir de ahora, sobre una base de respeto mutuo y no bajo el autoritarismo y el poder. Las heridas hasta ahora ignoradas pueden curarse puesto que ya no se quedarán almacenadas por más tiempo en el inconsciente. Cuando estos niños, informados, se vuelven padres ya no corren el riesgo de reproducir de forma compulsiva el comportamiento brutal o perverso de sus padres, ya no son sus heridas reprimidas quienes los dirigen. La confesión de los padres ha borrado la trágica historia quitándole su peligroso potencial.

El niño maltratado por sus padres ha aprendido de ellos a reaccionar con violencia, esto es incontestable y cualquier enseñante puede confirmarlo si no se niega a ver lo que tiene delante de sus ojos: El niño que recibe golpes en casa pega a los más débiles tanto en la escuela como en su familia. Se le castiga cuando zumba a su hermano pequeño y le resulta incomprensible el funcionamiento del mundo.¿No es de sus padres de quienes lo ha aprendido? Es así como aparece muy temprana la confusión que se manifiesta como una « perturbación » y llevamos al niño a hacer una terapia. Pero nadie o muy poca gente se atreve a atacar la raíz de la violencia, algo que debería ser tan evidente.

La terapia a través del juego con terapeutas dotados de sensibilidad puede evidentemente ayudar al niño a expresarse y a tener confianza en él en ese entorno protegido. Pero como el terapeuta omite las heridas ocasionadas en el pasado, el niño en general está solo de nuevo, con su vivencia. Incluso los mejores terapeutas no pueden quitarle ese peso si la preocupación de proteger a los padres les impide tener en cuenta las heridas de los primeros años. Además no son ellos los que deberían hablar con el niño puesto que ésto suscitaría el temor de ser castigado por sus padres. El terapeuta debe trabajar con los padres por separado y explicarles como el hecho de hablar de ello con sus hijos puede ser liberador para ellos mismos y para sus niños.

Está claro que todos los padres no van a estar de acuerdo con esta proposición aún cuando el consejo proviene del propio terapeuta, cosa que sería deseable. Algunos se burlarán incluso de esta idea y dirán que el terapeuta es muy ingenuo, que no tiene ni la menor idea de como los niños son manipuladores y seguramente abusarán de la gentileza de sus padres. Estas reacciones no tienen nada de extraño puesto que la mayoría de los padres ven en sus hijos a sus propios padres y temen confesar sus faltas ya que antaño les castigaron severamente por ellas. Se aferran a su idea de perfección y es muy probable que sean incapaces de corregirse.
Quiero sin embargo creer que todos los padres no son incorregibles. Pienso que a pesar del pánico hay muchos que desean renunciar a una relación de poder, que quieren desde hace mucho tiempo ayudar a sus hijos pero que hasta ahora no sabían como hacerlo ya que temían abrirse sinceramente a ellos. Es cierto que esos padres podrán con más facilidad imponerse una franca conversación sobre el « secreto » y que con la reacción de sus hijos podrán ver los efectos positivos de la revelación de la verdad. Constatarán entonces por ellos mismos que los valores que intentamos transmitir por medio del autoritarismo son inútiles comparados con la confesión sincera de sus errores, condición indispensable para que al adulto se le pueda otorgar la verdadera autoridad, porque es creíble. Se cae de su peso que cada niño necesita de esa autoridad para encontrar su camino en el mundo. Un niño a quien se le ha dicho la verdad, a quien no se ha educado para que se acomode con mentiras y atrocidades puede desarrollar todas sus potencialidades como una planta que en buena tierra hace crecer sus raíces sin riesgo de ser atacada por bichos perjudiciales (mentiras).

Intenté comprobar esta idea con amigos y pedí a los padres y también a los niños su parecer. A menudo constaté que se me comprendía mal, mis interlocutores interpretaban mis propósitos como si se tratara de pedir excusas de parte de los padres. Los niños respondían que había que ser capaz de perdonarlos, etc. Pero mi idea no corresponde en absoluto con éso. Si los padres se disculpan los hijos pueden tener la impresión que se espera de ellos el perdón para descargar a sus padres y liberarlos de sus sentimientos de culpabilidad. Esto sería pedir demasiado a nuestros hijos.
Lo que pienso realmente es en dar una información que confirme lo que el niño siente ya en su cuerpo y en acordar un lugar central a su vivencia. Es el niño quien ocupa el primer plano con sus sentimientos y necesidades. Cuando nuestro hijo ve que nos interesamos por lo que él siente cuando nos excedemos con él vive un momento de gran alivio mezclado con una confusa sensación de justicia... No se trata de perdonar sino de evacuar los secretos que se paran. Se trata de construir una nueva relación fundada en la confianza mutua, de suprimir la armadura que aislaba hasta ahora al niño maltratado.
En cuanto los padres pueden reconocer el dolor que han causado a sus hijos, muchos caminos hasta ahora cerrados, se abren en un proceso de espontánea curación. Este es el resultado que esperamos de un terapeuta pero sin la cooperación de los padres resulta imposible.
Si los padres nos dirigimos a nuestros hijos con respeto, atención y benevolencia reconociendo sinceramente nuestras faltas sin decir: « es tu comportamiento el que nos ha obligado a tratarte así », muchas cosas cambian. El niño tiene así ante él un modelo que le permite encontrar su camino, ya no intentamos evitar la realidad, ya no tratamos de « cambiar » a nuestro hijo para que nos resulte más agradable, no, lo que hacemos es mostrarle que decir la verdad tiene un gran poder curativo. Y sobre todo: ya no necesita sentirse culpable de las faltas de sus padres una vez que estos han podido reconocer su culpabilidad. En los adultos, tales sentimientos de culpabilidad son el origen de innumerables depresiones.

Los niños que han podido sentir a través de esas conversaciones que sus padres han tomado en serio sus heridas y sentimientos y han sido respetados en su dignidad, estarán igualmente mejor protegidos de los efectos nocivos de la televisión que aquellos que siguen dominados por el deseo de venganza reprimido contra sus padres y por esta razón se identificarán con las escenas violentas que verán en la pequeña pantalla. Y no es la prohibición, como preconizan los hombres políticos, la que les impedirá « deleitarse » con lo que propone la televisión.
Por el contrario, los niños informados de las heridas sufridas en su más tierna edad tendrán sin duda un espíritu crítico más desarrollado con relación a este tipo de películas o se desinteresarán rápidamente por ellas. Quizás incluso discernirán el sadismo subyacente de sus autores con más facilidad que la mayoría de los adultos decididos a ignorar el dolor del niño maltratado que fueron. Estos mismos adultos se dejan fascinar por las escenas violentas sin darse cuenta de que son abusivamente conducidos a consumir la basura emocional de una vida que el cineasta presenta con el nombre de « arte » y que venderá a un buen precio, ignorando que se trata de su propia historia.

Esto lo vi claramente al escuchar una entrevista a un famoso director de cine americano que mostraba sin reparo en sus películas monstruos horribles y prácticas sexuales brutales con flagelaciones. Añadió que gracias a la técnica moderna, podía hacer comprender que el amor tiene diversas facetas y que el azotarse era una forma de amor. ¿Dónde, cuándo y quién le ha inculcado esta espantosa filosofía en su primera infancia? Por lo visto no tiene ni la menor idea y probablemente permanecerá en la ignorancia hasta el final de su vida. No obstante lo que concibe como su arte le permite contar su historia trivializándola totalmente en su memoria. Esta ceguera tiene evidentemente graves consecuencias sociales.
La mejor edad para hablar con sus hijos de las heridas que se le ha infligido, es sin duda entre cuatro y doce años o sea antes de la pubertad. Pasada la adolescencia el interés por estos hechos probablemente va a disminuir. Las defensas contra el recuerdo de sus precoces sufrimientos corren el riesgo de estar ya sólidamente edificadas, puesto que estos jóvenes casi adultos se convertirán en padres y una vez en el lugar del más fuerte olvidarán definitivamente su impotencia de antaño. Pero aquí también hay excepciones y además ser adulto tiene consigo momentos en los que a pesar de todos los logros obtenidos, contraer una enfermedad puede obligarle a cuestionarse sobre su infancia.

No es raro que las personas que buscan respuesta a sus interrogantes descubran su verdadero Ser, la historia del niño maltratado que fueron y sus sufrimientos hasta ahora negados. Empiecen a vivir sus auténticos sentimientos en lugar de rehuirlos y sorprenderse de encontrar por ese camino la verdadera liberación. Dando así al niño que fueron lo que sus padres no pudieron nunca darle: el permiso de conocer la verdad, de vivir con ella, admitirla y cesar de huir. Como ahora conocen la verdad sobre su historia ya no necesitan engañarse o anestesiarse por medio de drogas, medicamentos, alcohol o teorías que suenan bien. Recuperan así la energía que antes debieron utilizar para huir de ellos mismos.

Alice Miller 2007 / Traducido del francés por Rosa Barrio

No existe "la buena zurra"




¿Por qué las zurras, las bofetadas e incluso los golpes aparentemente anodinos, al igual que las palmadas sobre las manos de un bebé son peligrosas?

1- Sólo le enseñan la violencia.

2- Destruyen la certeza sin falta de ser amado, como un bebé necesita.

3- Crean angustia: la angustia de la siguiente ruptura.

4- Llevan consigo la mentira: pretenden ser educativas, pero en realidad sirven a los padres para descargar su cólera, y si pegan es porque a ellos les pegaron siendo niños.

5- Incitan a la cólera y al deseo de venganza que permanece reprimido y que saldrá más tarde.

6- Programan al niño a la aceptación de argumentos ilógicos (te hago daño por tu bien) y los inscriben en su cuerpo.

7- Destruyen la sensibilidad y la compasión hacia los otros y hacia uno mismo, limitando así sus capacidades de conocimiento.

¿Qué aprende el bebé de las zurras y otros golpes?

1- Que el niño no merece respeto.

2- Que se puede aprender el bien por medio del castigo (lo que es falso, en realidad el castigo enseña al niño solamente a querer castigar a su turno).

3- Que no hay que sentir el dolor, que hay que ignorarlo, lo cual es peligroso para nuestro sistema inmunitario.

4- Que la violencia forma parte del amor (lección que incita a la perversión).

5- Que negar las emociones es saludable (sin tener en cuenta que será el cuerpo el que pagará por este error, a menudo mucho más tarde).

6- Que uno no tiene derecho.. a defenderse hasta que sea adulto.

Es el cuerpo el que guarda la memoria de todas las marcas nocivas de las supuestas "buenas zurras".

¿Cómo podemos liberarnos de la cólera reprimida?

Durante la infancia y la adolescencia:

1-Burlándonos de los más débiles.

2-Pegando a los compañeros

3-Humillando a las chicas

4-Agrediendo a los profesores.

5-Viviendo las emociones prohibidas delante de la T.V. o los video-juegos, identificándose con los héroes violentos (los niños a quien nunca se les pegó, se interesan menos por las películas crueles y no producirán escenas atroces, una vez adultos).

A la edad adulta:

1-Perpetuando uno mismo la zurra como medio educativo eficaz, sin darnos cuenta de que en realidad estamos vengándonos de nuestro propio sufrimiento sobre la siguiente generación.

2-Negándonos (o siendo incapaces) a comprender la relación entre la antigua violencia sufrida y la que se repite activamente en la actualidad; entreteniendo así la ignorancia de la sociedad.

3-Alistándonos en actividades que exigen violencia.

4-Dejándonos influir fácilmente por los discursos de hombres políticos que designan a víctimas propiciatorias en quien pueden depositar la violencia acumulada y de la que se pueden deshacer por fin sin ser castigados: razas "impuras", etnias "que limpiar minorías sociales despreciadas.

5-Como obedecimos a la violencia siendo niños, estamos dispuestos a obedecer a toda clase de autoridad que nos recuerde la de nuestros padres, como los alemanes obedecieron a Hitler, los rusos a Stalin y los serbios a Milosevic.

Inversamente, si tomamos conciencia de nuestros sentimientos reprimidos e intentamos comprender cómo se transmite la violencia de padres a hijos, cesaremos de pegar a los niños de cualquier edad. Es posible ( muchas personas lo han logrado ), una vez que hayamos comprendido que la única razón de dar golpes "educativos" se esconde en la historia reprimida de nuestros padres.

 Alice Miller 2008 / Traducido por Rosa Barrio

La raíz de la violencia

Hace ya varios años que está científicamente comprobado que los efectos devastadores de los traumatismos infligidos a los niños repercuten inevitablemente sobre la sociedad. Esta verdad concierne a cada individuo por separado y debería –si fuese suficientemente conocida– llevar a modificar fundamentalmente nuestra sociedad, y sobre todo a liberarnos del crecimiento ciego de la violencia. Los puntos siguientes ilustrarán esta tesis.

* Cada niño viene al mundo para expandirse, desarrollarse, amar, expresar sus necesidades y sus sentimientos.

* Para poder desarrollarse, el niño necesita el respeto y la protección de los adultos, tomándolo en serio, amándolo y ayudándolo a orientarse.

* Cuando explotamos al niño para satisfacer nuestras necesidades de adulto, cuando le pegamos, castigamos, manipulamos, descuidamos, abusamos de él, o lo engañamos, sin que jamás ningún testigo intervenga en su favor, su integridad sufrirá de una herida incurable.

* La reacción normal del niño a esta herida sería la cólera y el dolor. Pero, en su soledad, la experiencia del dolor le sería insoportable, y la cólera la tiene prohibida. No le queda otro remedio que el de contener sus sentimientos, reprimir el recuerdo del traumatismo e idealizar a sus agresores. Más tarde no le quedará ningún recuerdo de lo que le han hecho.

* Estos sentimientos de cólera, de impotencia, de desesperación, de nostalgia, de angustia y de dolor, desconectados de su verdadero origen, tratan por todos los medios de expresarse a través de actos destructores, que se dirigirán contra otros (criminalidad, genocidio), o contra sí mismo ( toxicomanía, alcoholismo , prostitución, trastornos psíquicos, suicidio).

* Cuando nos hacemos padres, utilizamos a menudo a nuestros propios hijos como víctimas propiciatorias: persecución, por otra parte, totalmente legitimada por la sociedad, gozando incluso de un cierto prestigio desde el momento en que se engalana con el título de educación. El drama es que el padre o la madre maltratan a su hijo para no sentir lo que le hicieron a ellos sus propios padres. Así se asienta la raíz de la futura violencia.

* Para que un niño maltratado no se convierta ni en un criminal, ni en un enfermo mental es necesario que encuentre, al menos una vez en su vida, a alguien que sepa pertinentemente que no es él quien está enfermo, sino las personas que lo rodean. Es únicamente de esta forma que la lucidez o ausencia de lucidez por parte de la sociedad puede ayudar a salvar la vida del niño o contribuir a destruirla. Esta es la responsabilidad de las personas que trabajan en el terreno del auxilio social, terapeutas, enseñantes, psiquiatras, médicos, funcionarios, enfermeros.

* Hasta ahora, la sociedad ha sostenido a los adultos y acusado a las víctimas. Se ha reconfortado en su ceguera con teorías, que están perfectamente de acuerdo con aquellas de la educación de nuestros abuelos, y que ven en el niño a un ser falso , con malos instintos, mentiroso, que agrede a sus inocentes padres o los desea sexualmente. La verdad es que cada niño tiende a sentirse culpable de la crueldad de sus padres. Y como, a pesar de todo, sigue queriéndolos, los disculpa así de su responsabilidad .

* Hace solamente unos años, se ha podido comprobar, gracias a nuevos métodos terapeúticos, que las experiencias traumatizantes de la infancia, reprimidas, están inscritas en el organismo y repercuten inconscientemente durante toda la vida de la persona. Por otra parte, los ordenadores que han grabado las reacciones del niño en el vientre de su madre, han demostrado que el bebé siente y aprende desde el principio de su vida la ternura, de la misma manera que puede aprender la crueldad.

* Con esta manera de ver, cada comportamiento absurdo revela su lógica , hasta ahora ocultada, en el mismo instante en que las experiencias traumatizantes salen a la luz.

* Una vez conscientes de los traumatismos de la infancia y de sus efectos podremos poner término a la perpetuación de la violencia de generación en generación.

* Los niños, cuya integridad no ha sido dañada, que han obtenido de sus padres la protección, el respeto y la sinceridad necesaria, se convertirán en adolescentes y adultos inteligentes, sensibles, comprensivos y abiertos. Amarán la vida y no tendrán necesidad de ir en contra de los otros, ni de ellos mismos, menos aún de suicidarse. Utilizarán su fuerza únicamente para defenderse. Protegerán y respetarán naturalmente a los más débiles y por consecuencia a sus propios hijos porque habrán conocido ellos mismos la experiencia de este respeto y protección y será este recuerdo y no el de la crueldad el que estará grabado en ellos.

Alice Miller 2008 /

Rescatar al Niño Herido

La burla, la desatención, los cachetes, el abuso físico... En mayor o menor medida, todos hemos sido víctimas de la violencia de los adultos cuando éramos niños. Encontrar a alguien que nos escuche con empatía y admitir que sufrimos ese maltrato sin sentirnos culpables permite sanar nuestra infancia y nuestro presente, y evitar que se repita la historia.

Desde la publicación de mi libro El drama del niño dotado, en 1979, he recibido con regularidad cartas de lectores que me cuentan la historia de su infancia y me formulan muchas preguntas al respecto. A menudo he sentido la necesidad de responder a estos valiosos relatos de vida y he lamentado mucho no poder satisfacer esa necesidad, sobre todo por limitaciones de tiempo.

También deseaba compartir estos testimonios, estos informes de víctimas de abuso infantil, pero esa posibilidad me estaba vedada por el carácter confidencial de esos textos. En 2005 empecé a publicar en mi web (www.alice-miller.com) con permiso de los autores, las cartas de interés general y mis respectivas respuestas. Estas cartas hablan de los sufrimientos, a menudo inimaginables, de personas maltratadas en la infancia que, a pesar de años de terapia, nunca fueron conscientes de ese maltrato. Padecían numerosas enfermedades, se acusaban de la crueldad que tenían que soportar y sólo cuando leyeron mis libros pudieron sentir, con alivio y por primera vez, el sufrimiento de su infancia. Algunas encontraron allí la clave para comprender toda su vida y con ello dejar atrás sus pánicos, depresiones y adicciones.

Estas personas, como es comprensible, se encuentran ante muchas preguntas que hasta ahora habían evitado. Mis respuestas a tales preguntas tratan, en esta nueva situación, de ayudarles a hallar orientación y a personas que, como testigos empáticos y con conocimiento de causa, las asistan en la mejor utilización posible del conocimiento que han adquirido sobre sí mismos.

ACOMPAÑARLOS EN EL PROCESO

Los seres humanos que en su infancia fueron objeto de maltrato encuentran así una tribuna que les permite expresarse libremente y, juntos, buscar la manera de liberarse de las consecuencias de los abusos padecidos. No podemos resolver los efectos del maltrato en terapias que eluden los hechos y se limitan al análisis de las realidades psíquicas. Pero podemos liberarnos de las consecuencias si estamos preparados para afrontar emocionalmente la verdad de nuestra infancia, renunciar a la negación de nuestro sufrimiento y desarrollar empatía con el niño que fuimos y entender así las razones de nuestros miedos.

De esa manera, nos liberamos de los miedos y los sentimientos de culpa con los que cargamos desde la más tierna infancia. Gracias al conocimiento de nuestra historia y nuestros sentimientos, llegamos a conocer a las personas que somos y aprendemos a darnos lo que vitalmente necesitamos pero nunca recibimos de nuestros padres: amor y respeto. Éste es el gran objetivo de la terapia de desvelamiento: las heridas pueden cicatrizar si se les presta atención y se las toma en serio, pero es preciso no negar la existencia de las cicatrices.

Lo que daba por supuesto cuando escribí mis libros posteriores se vio completamente confirmado por las cartas de los lectores: no sólo un grupo reducido de personas tiene el alma herida por vejaciones infantiles, sino la mayoría de la población mundial. Sin embargo, únicamente unas pocas de sean tomar conciencia de ello, porque el miedo a la antigua impotencia del niño golpeado impide ese conocimiento. Por eso doy por supuesto que a todos nosotros, con muy pocas excepciones, nos castigaron en la infancia, y en muchos casos muy pronto, como expongo en mi libro Por tu propio bien.

Un niño al que se le ha pegado anticipa el castigo por cualquier expresión de descontento o de malestar. Esta ansiedad puede permanecer inconsciente (porque sus causas nunca fueron desveladas y procesadas), pero operar de modo muy efectivo acompañando a los individuos durante toda la vida y determinando todo su comportamiento.

LA TERAPIA QUE FUNCIONA

Digo que una terapia “desvela” cuando ayuda a los sujetos –con la colaboración de los sentimientos de la vigilia y los sueños– a conocer su dolorosa historia infantil reprimida para que no vuelvan a temer los peligros que les acechaban de verdad durante la infancia y que ahora ya no representan una amenaza. Entonces se acaba para los pacientes la necesidad de temer y repetir inconscientemente lo que les ocurrió en su más tierna infancia, porque ahora conocen la realidad de aquella edad y pueden reaccionar a ella con rabia y con tristeza en presencia del terapeuta como su testigo empático. Dejan de despreciarse, dejan de acusarse y hacerse daño mediante todo tipo de adicciones, porque son capaces de desarrollar empatía con el niño que sufrió gravemente a causa de la conducta de sus padres. Si más tarde en la vida de estos adultos se presentan peligros, estarán mejor preparados para afrontarlos porque comprenderán mejor sus antiguos miedos.

Esta manera de proceder se diferencia de otras formas de tratamiento que implican practicar una nueva conducta o mejorar el bienestar personal (mediante yoga, meditación, pensamiento positivo). En estos casos, se deja de lado el problema de la infancia.

A mi juicio, el miedo a este problema se remonta al miedo de los niños que han sido castigados, al miedo al próximo golpe, si es que se atreven a reconocer la crueldad de sus padres. Y este miedo es tan dominante que mucha gente ha tenido que criarse soportando castigos (psicológicos, pero sobre todo físicos, que aún se consideran inocuos y necesarios) sin posibilidad de defenderse.

DESCUBRIR LA VERDAD

Esto también puede verse en el psicoanálisis, que hasta hoy elude los abusos sufridos en la infancia, cierra los ojos ante ellos. Sus teorías se construyeron sobre la base de este miedo a los padres. Por eso, tanto los pacientes como los analistas permanecen, a veces durante décadas, atrapados en un laberinto de ideas y tienen sentimientos de culpa por haber hecho supuestamente tan difícil a sus padres comprender al niño “problemático” que fueron. A menudo no saben, y tal vez nunca lo descubran, que fueron niños severamente maltratados.

Que un terapeuta haga posible este conocimiento depende de qué sepa de su propia infancia. La sección FAQ de mi página web (www.alice-miller.com) puede orientar a la persona que busca al terapeuta adecuado.

LUZ SOBRE EL MALTRATO - QUÉ SE CONSIDERA MALTRATO

Las humillaciones, zurras en el culo, golpes, bofetadas, traiciones, abusos sexuales, mofas, burlas, desatenciones... todas son formas de maltrato, porque dañan la integridad y dignidad de un niño, aunque sus consecuencias no sean visibles inmediatamente. Como adultos, la mayoría de los niños maltratados sufrirán (y permitirán que otros sufran) por estos daños.

CÓMO AFECTA AL CEREBRO

Casi todos los niños reciben algún cachete durante sus tres primeros años de vida, cuando empiezan a caminar y a tocar objetos que no pueden ser tocados. Esto sucede precisamente en un periodo en que el cerebro humano construye su estructura y, por lo tanto, debería interiorizar amabilidad, sinceridad y amor, pero en ningún caso crueldad y engaño.

UN CÍRCULO VICIOSO

Los niños maltratados asimilan muy rápidamente la violencia que soportaron, y pueden incluso idealizarla y aplicarla después en su función de padres al creer que merecían esos castigos y que fueron golpeados por amor. No saben que la única razón para el maltrato que tuvieron que soportar es que sus propios padres recibieron y aprendieron la violencia sin ser capaces de ponerla en cuestión. Más adelante, los adultos que fueron niños maltratados expresan violencia sobre sus hijos y sienten gratitud hacia unos padres que los maltrataron cuando eran pequeños e indefensos.

PROTEGERSE MEDIANTE EL OLVIDO

Esta inversión de papeles, idolatrar al maltratador y culpar a la víctima, se ve reforzada por un mecanismo de defensa característico: el olvido. El niño que crece en un entorno abusivo tiene prohibido expresarse a sí mismo y expresar su rabia. Como soportar ese dolor a solas es demasiado duro para él, se ve forzado a olvidar sus sentimientos, a reprimir los recuerdos traumáticos y a idealizar a quienes son realmente los autores de esos abusos. Aprenden a no recordar como medida de defensa.

SE ALMACENA EN EL CUERPO

Las experiencias traumáticas que se reprimen encuentran su forma de expresión en el cuerpo. De forma inconsciente, la tensión se acumula y tarde o temprano sale a la luz en forma de angustia, ansiedad y de enfermedades psicosomáticas. El cuerpo del adulto puede manifestar ese episodio de violencia que sufrió de niño y que no ha sido capaz de expresar de manera consciente porque no se atreve a acusar a sus padres.

ENCONTRAR AYUDA

Para superar esta situación, el adulto que fue un niño maltratado debe contar con la escucha empática de una persona que le ayude a tomar conciencia de lo que su cuerpo ya sabe. Una persona que ya haya tenido éxito en recorrer ese camino por sí misma porque ya tuvo la oportunidad de encontrarse con alguien que le ayudara. La persona maltratada tiene que saber que son los demás los que fallaron, y no ella.

UN CAMBIO SOCIAL

El hecho de que socialmente todavía sea tolerado el castigo infantil y la violencia contra los niños, aunque sea en forma de “cachetes disciplinarios” y bajo la excusa de que es “por su bien”, no hace más que perpetuar la rueda de la violencia generación tras generación. El día en que admitamos que cualquier forma de violencia es intolerable y la sociedad deje de amparar a los adultos frente a los niños, se habrá abierto un camino hacia la paz.

PARA SABER MÁS
La mayoría de las obras de Alice Miller han sido editadas en castellano por la editorial Tusquets,como El drama del niño dotado, El saber proscrito o Por tu propio bien. Su última obra, también traducida al español, es El cuerpo nunca miente, e indaga en la relación entre la enfermedad y los traumas reprimidos.

Alice Miller 2008 / Traducido por Rosa Barrio

LA GESTALT Y EL DINERO

Te voy a contar un relato donde si al reemplazar la palabra técnico de lavarropas por tu propio nombre sientes unas cosquillas en el estomago, empieza a prestar atención, si mi relato es muy afín a tu propia experiencia con el dinero.

La semana pasada llame a un técnico de lavarropas ya que este se había averiado (no funcionaba mas. ni ahí.... estaba como muertito).
Este buen hombre de unos 45 años, delgado, con su mameluco de trabajo llego a casa a las 17:30 hs. reviso el lavarropas a los 15 minutos ya estaba andando pero con su buen ojo clínico empieza a mirarlo mejor y nota que una manguera perdía (quita la manguera le coloca una silicona y la coloca nuevamente), nota que la manguera que nutre de agua el lavarropas tenia la punta rota (lo cual yo ya me había olvidado, ademas quiero aclararte que es un lavarropas automático lo cual estaba funcionando cuando lo hacia y antes que llegara este buen hombre como semiautomático y a los golpes :(
El técnico de lavarropas va hasta su auto y trae una manguera nueva y la cambia.
Coloca agua en el lavarropas y hace la prueba de funcionamiento. Este hombre perfeccionista y observador nota que el lavarropas carga mucha mas cantidad de agua que la que debería y me dice que esto puede dañar los tensores por el peso, lo cual me parece lógico.
Entonces va a buscar a su auto un Presostato y lo recambia y vuelve nuevamente a cargar el agua y ponerlo en funcionamiento para observarlo.
Durante el circuito del lavado lo cual demoro entre 20 y 30 minutos yo como soldadito siempre cerca observando todo para aprender mas acerca del funcionamiento y para intentar asegurarme que no me venda gato por liebre.
Una vez finalizado el lavado, el técnico notó que seguía entrando un hilo de agua al lavarropas lo cual tendría que asegurarme de cerrar la canilla cuando terminará de lavar o de lo contrario encontraría siempre agua en el lavarropas o en el piso.
Entonces me dice que al día siguiente traería una Electroválvula nueva.
Este buen hombre estuvo cinco horas y media (de su vida) como un detective asegurándose de dejar en buen funcionamiento el lavarropas.
Al día siguiente a la mañana regresa y trae la pieza vuelve a probarlo una vez mas y una vez comprobado dice Listo!


Obviamente le digo: ¿Cuanto es?
Me responde $160.- (pesos argentinos) aproximadamente 39 USD
No podía creerlo $160.- por casi seis horas de trabajo, tres piezas nuevas y el emparche de una manguera! Ops!!!!
El lavarropas quedó espectacularmente funcionando y en automático :=) (ya no recordaba como era eso)


No conozco nada acerca de la vida de este hombre, sus gustos, sus sueños, sus anhelos, los obstáculos en su vida, etc etc pero lo que SI ME DI CUENTA ES QUE NO VALORA SU TIEMPO Y QUE NO VALORA SU PROPIO TRABAJO (El cual es Excelente!), LO QUE ME DICE QUE SU AUTOESTIMA ES BAJA.
Esta anécdota me llevo a mi propio Darme Cuenta acerca de mi trabajo, mi dinero y también el tuyo que deseo compartir contigo.


Una de las cosas de las cuales me di cuenta en mi trabajo es que muchas de las personas que tienen baja autoestima nunca invierten en si mismas… Y de que no iban a invertir en sí mismas a menos que se dieran cuenta con mayor intensidad de las consecuencias de una baja autoestima y que eso les llegara a doler mucho.
La cuestión es que, si no te valoras a ti mismo y a tus servicios, nadie más lo hará. He observado una y otra vez que algunos de mis alumnos o consultantes no estaban realmente comprometidos con su propio desarrollo personal. Hay personas que continuamente tienen excusas, como por ejemplo.


No tuve tiempo de leerlo – o de escucharlo
Nunca hice el ejercicio
¿Podrías enviarme otra vez el enlace? No lo abrí cuando me lo enviaste hace tres meses.


Estas son algunas evidencias de que la gran mayoría de nosotros no valoramos las cosas a menos que tengamos que hacer un pago elevado… y en este caso, ese pago es con dinero.
En mi experiencia personal, nada me hizo comprometer más con mi propio proceso de aprendizaje que pagar mi entrenamiento en Gestalt a un valor elevado. Cuando digo elevado quiero decir “bastante más alto de lo que me resultaba cómodo”. Y esa es una de las razones por las cuales tengo más claridad en las metas de mi trabajo y en mi propia vida. Porque puede llegar a ser doloroso.
Puede ser muy doloroso. Para mi fue difícil hacer el pago de mi entrenamiento y asegurarme de tener mi lugar. Una vez que había pagado cada mes respiraba tranquila. Pero tuve que trabajar duro, muy duro para obtener el mayor beneficio de mi inversión.
Lo que he verificado es que cuando te duele, trabajas más duro para asegurarte de que el dolor mereció la pena.
Cuando les pones muy fáciles las cosas a tus clientes, no les estás haciendo un favor. En realidad lo que pones más fácil es que no te valoren a ti ni a tus servicios, y ellos tampoco valorarán su inversión.

Hay personas que te adoran y que te van a seguir siempre porque son tus fieles clientes, y otros que no van a invertir un centavo en tu conocimiento o en tus servicios porque no los valoran. Está bien que así sea porque obviamente, ¡no vamos a agradar a todo el mundo!
Pero tú tienes que valorar tus servicios en PRIMER LUGAR. Creo que está bien facilitar las cosas cuando sabes que hay un deseo y una necesidad sincera… pero dándole la valoración correcta a tu trabajo.
Si has estado desvalorizando tus servicios, piensa en esto: tú no les estás haciendo el MEJOR servicio a tus clientes si no les das la oportunidad de que inviertan en ti. El dinero ES LA ENERGÍA DEL COMPROMISO.
Date permiso para honrar el trabajo que estás haciendo… si eres coach, Facilitadora, consultor, artista, agricultor, músico, escritor o lo que seas que realices, estás ayudando a cambiar la vida de aquellas personas que ponen su esfuerzo, su dinero y su tiempo en ello. Seguro, ¡hay personas motivadas y listas para triunfar con tu ayuda!

Personalmente, he pasado por situaciones sumamente difíciles en relación con el dinero. Me divorcie cuando mi hija tenia 10 años, una pequeña niña a cargo y sé perfectamente cómo se siente la presión del estrés financiero.
A través de mi trabajo personal con el Enfoque Gestalt pude descubrir hasta qué punto el dinero
está conectado con el mundo emocional y con la forma en que yo he tomado decisiones a lo largo de toda mi vida como decisiones sumamente importantes en mi matrimonio o en mis relaciones en general. Yo no he sabido en el pasado valorar mis logros, he perdido oportunidades valiosísimas
y me he puesto en un lugar de fragilidad y resignación en lugar de poder.

Al trabajar además en el área de la autoestima me di cuenta de la profunda relación que existe entre una baja autoestima y la cantidad de dinero que ganamos, que perdemos, que dejamos de ganar y la forma en que valoramos nuestros servicios o productos. El dinero es una metáfora para la autoestima.
Muchas personas asocian el dinero con sentimientos de miedo, ansiedad, odio y envidia. Algunas culpan al dinero por los problemas en su matrimonio, no entienden el dinero, y desearían no tener que pensar acerca de él. Otras personas dicen que el dinero no es importante para ellas.
La verdad es que el dinero no es algo que existe para hacer nuestras vidas difíciles… piensa en eso. El dinero es una herramienta increíblemente poderosa que puede ayudarnos a ser, hacer y tener todo aquello que queremos. No es el dinero en sí mismo lo que queremos; es lo que el dinero puede hacer por nosotros y por nuestra familia, por nuestra comunidad y por nuestro planeta.
El dinero es un espejo increíblemente poderoso para nuestra auto-confianza, nuestra autoestima y nuestro poder personal. Si miras el dinero de esta forma, no es algo a lo cual temer, odiar o ignorar. En cambio, es algo para abrazar, tener curiosidad sobre él y usarlo como una herramienta para tu crecimiento personal y profesional.
Para cambiar tu relación con el dinero y contigo mismo, tienes que estar dispuesto a cambiar tus prioridades. Tienes que estar dispuesto a estar incómodo. Parte de esa incomodidad tiene que ver con el sentido de identidad, con quién eres tú con relación al dinero y cuál es tu historia.
La buena noticia es que es pasado. En ningún lugar está escrito que tu futuro tiene que ser igual a tu pasado. ¡Oh! ¡Qué liberación! .
La recompensa que recibes al trabajar sobre tu relación con el dinero es inmensa… es fantástica. Cuando tú consigues hacer grandes avances con relación a tu dinero y a tu autoestima, nadie puede quitarte eso, nunca más. Es tuyo.

Haz TODO lo que necesites hacer para vencer la resistencia y cerrar la brecha entre ese lugar y donde quieres de verdad estar.
Lo que nosotros creemos gobierna nuestras conductas. Una creencia desempoderante como, “Yo necesito hacer lo que sea para sentirme amado” conducirá a una persona a ciertos tipos de conductas desempoderantes. Es muy diferente a creer algo como “Yo soy querido todo el tiempo sin importar lo que pase”. Las cosas comienzan a cambiar cuando comienzas a actuar a partir de una creencia empoderante.

Yo no soy una planificadora financiera, ni una experta en inversiones y tampoco una contadora. Y desde luego no soy perfecta cuando se trata de mis hábitos de dinero. Yo sé cómo se siente estar totalmente estresada financieramente, no reconocer las barreras que te están deteniendo y no saber cómo salir adelante… ¡También sé que puedes hacerlo! Si tienes la información adecuada y si lo deseas lo suficiente…
Cuando nosotros comprendemos plenamente nuestras conductas de autosabotaje con el dinero, podemos tomar acciones para liberarnos de ellas.
Comprender tus hábitos, creencias y sentimientos acerca del dinero es el primer paso para lograr la libertad financiera. Ahora es el momento de tomar medidas. Toma una acción con la cual te comprometas y conviértela en una prioridad. Recuerda, no necesitamos cambiar todo de la noche a la mañana, pero si nos esforzamos por ser mejores en un 1% hoy de lo que fuimos ayer, seremos capaces de estar de pie completamente en nuestro poder con nuestro dinero.

ORACION DE LA GESTALT

EL TODO ES MAS QUE LA SUMA DE SUS PARTES

YO SOY YO, TU ERES TU.
TU HACES LO TUYO, YO HAGO LO MIO.
YO NO VINE A ESTE MUNDO PARA VIVIR
DE ACUERDO A TUS EXPECTATIVAS.
TU NO VINISTE A ESTE MUNDO PARA VIVIR
DE ACUERDO CON MIS EXPECTATIVAS.
YO HAGO MI VIDA, TU HACES LA TUYA.
SI COINCIDIMOS SERA MARAVILLOSO.
SI NO, NO HAY NADA QUE HACER.
FRITZ PERLS(1893-1970)

"La Alegría de Ser". Eckhart Tolle.


Para alertarse de que ha sido dominado por el tiempo psicológico, usted puede usar un criterio sencillo. Pregúntese a sí mismo: ¿Hay alegría, facilidad y liviandad en lo que hago? Si no las hay, entonces el tiempo está ocultando el momento presente, y la vida se percibe como una carga o un esfuerzo.

Si no hay alegría, facilidad o liviandad en lo que hace, no significa necesariamente que usted debe cambiar lo que hace. Puede ser suficiente cambiar el cómo. "Cómo" es siempre más importante que "qué".

Vea si puede darle mucha más atención al proceso de hacer que al resultado de lo que quiere lograr con ello. Preste su atención más plena a cualquier cosa que presente el momento. Eso implica que usted acepta también lo que es, porque usted no puede prestar completa atención a algo y al mismo tiempo resistirse a ello.

En cuanto honre el momento presente, toda la infelicidad y el esfuerzo se disuelven y la vida empieza a fluir con alegría y facilidad. Cuando usted actúa desde la conciencia del momento presente, cualquier cosa que haga queda imbuida de un sentido de calidad, cuidado y amor, incluso la acción más sencilla.

Así que no se preocupe por el fruto de sus acciones, simplemente preste atención a la acción en sí misma. El fruto vendrá por añadidura. Esa es una poderosa práctica espiritual. En el Bhagavad Gita, una de las enseñanzas espirituales más antiguas y hermosas que existen, el desapego del fruto de la acción recibe el nombre de Karma Yoga. Se describe como el camino de la "acción consagrada".

Cuando cesa el forcejeo por huir del Ahora, la alegría de Ser fluye en todo lo que usted hace. En el momento en que su atención se vuelve al Ahora, usted siente una presencia, una quietud, una paz. Deja de depender del futuro para la realización y la satisfacción, no mira hacia él para la salvación. Por lo tanto, no está apegado a los resultados. Ni el fracaso ni el éxito tienen el poder de cambiar su estado interior de Ser. Usted ha encontrado la vida que hay oculta en su situación vital.

En ausencia del tiempo psicológico, su sentido de usted mismo se deriva de Ser, no de su pasado personal. Por lo tanto, la necesidad psicológica de convertirse en algo diferente de lo que es ahora, ya no existe. En el mundo, en el nivel de su situación vital, usted puede realmente volverse rico, instruido, exitoso, libre de esto o de aquello, pero en la dimensión más profunda del Ser usted es completo y un todo ahora.

Eckhart Tolle en "El Poder del Ahora".

Marcela Paz.
Santiago - Chile.

domingo, 17 de abril de 2011

" LA CULPA... ES UN FANTASMA QUE NOS PERSIGUE "

La culpa es ese encierro al que un día arribamos, de manera inconsciente, para permanecer muchos años en terrenos por demás despiadados, bajo las garras de innumerables tormentos e insomnio. El fenómeno ocurre desde nuestra niñez a partir del momento en el que, siendo católicos, aprendemos en las clases de catecismo que, por culpa de Adán y Eva, quienes fueron desterrados del Paraíso, nacemos con el pecado capital. El pecado fue de ese par de seres que Dios creó en un principio. 

Habiendo nacido en un hogar católico, recibí la información que todo niño y niña está obligado a aprender de memoria: la historia sagrada. Con frecuencia me preguntaba: “¿Cómo es posible que todos vengamos a este mundo con tan horrible responsabilidad, y si no somos bautizados este gran pecado nunca será perdonado?

La culpa es un instrumento debilitante que posiblemente existe en otras religiones, no sólo en la católica. Lo que también es cierto es que lo utiliza la sociedad y se engolosina con él.

No pienso abundar en el tema de las religiones porque respeto las creencias de los demás. Lo que pretendo hacer es analizar un poco el hecho de que la culpa, la sensación de ser impuros, nos mantiene alejados de la libertad. Nos han dicho que no somos libres hasta que borremos los pecados de nuestros ancestros.

Pues bien, en este momento establezco, con toda firmeza, que no creo en el pecado. El pecado no existe. Existen, sí, los errores, las equivocaciones. Sabemos que no somos perfectos, que al darnos libre albedrío, Dios nos permitió probar toda suerte de situaciones y, por ende, a veces acertamos y a veces no. Mantener a millones de personas en el terror de condenarse, primo: si no limpian el pecado original, secundo: si se salen un milímetro del rebaño, es decir, si no siguen al pie de la letra los preceptos de su religión, aunque éstos sean obsoletos, es una de las cosas más espantosas que los hombres de poder pudieron maquinar. 

Haber llegado a la conclusión de que, para mí, no existe el pecado, fue motivo de una inusitada liberación. “Sí, sí, estoy en lo cierto”, me dije, “así es como deben ser las cosas. Debo borrar de mi memoria el concepto de pecado porque me debilita, me hace parte de un conjunto de seguidores al que, ciertamente, no quiero pertenecer. Nadie tiene el derecho de maniatarme, de obligarme a tener pensamientos que consumen mi autonomía.”

Al deshacerme del pecado, me fue posible analizar la culpa, para posteriormente, desterrarla de tajo. Si no me siento condenada, miserable e indigna entonces puedo comportarme bajo la premisa de la lógica, siguiendo los dictámenes de eso que es lo más valioso en cada ser humano: su intuición. Prestar atención a nuestra intuición es la única manera de ir por la vida tomando buenas decisiones. Una vez que la culpa ha sido eliminada, ¿qué nos queda?, la posibilidad de actuar con honor y con sinceridad cada vez que tomamos las medidas pertinentes.

Si me rijo por el amor no tendré miedo, ni dudaré en mi comportamiento cotidiano. Mi respeto y amor por el otro irá por el camino de la comunicación sin cortapisas, sin falso pudor, sin mentiras.

La culpa se lía arteramente con la inseguridad. ¿Alguna vez has querido acercarte a una persona, pero te detienes porque crees que puede estar enfadada contigo? Esto lo viví con un muy amado miembro de mi familia. Siendo pequeña, con frecuencia me preguntaba: “¿Estás enojada conmigo?” Sorprendida le respondía: “No, mi cielo, para nada”. ¿Por qué lo preguntas? No me respondía… era evidente que no sabía cómo describir lo que bullía en su interior. ¿Este familiar tenía miedo -a pesar de su afecto por mí- de haber hecho algo reprobable? Seguramente tenía dudas y las dudas eran hijas de una culpa que había fabricado en su mente. Quizá, como muchos, pensaba que había cometido una falta y que merecía un castigo. Su pregunta iba preñada de ansiedad, de una intensa necesidad de ser amada, de seguir siendo favorecida por mí. ¡Ah, cuánto sufrimos, inútilmente, al ser producto de un dictamen ancestral.

En una ocasión alguien comentó: “Necesito que me castiguen”. ¡Qué terrible sentencia! Esta persona estaba segura de que si no la reñían era porque no la amaban. Pensaba que era culpable (quién sabe de qué, ni ella misma lo entendía). De lo que sí estaba segura era que era menester recibir un escarmiento porque era “mala”. ¿Culpa?

Yo misma he sido víctima del fantasma de la culpa. En muchas ocasiones he sentido que ‘algo anda mal’ al comunicarme con determinada persona. He percibido que, quizá, está enfadada conmigo por algo horrible que hice; una falta imperdonable que hizo sufrir a esa persona. No siempre he podido externar la pregunta ¿Hice algo que te ofendió? Pero cuando lo he hecho he aprendido que a) fui poco atenta y mi comentario fue inapropiado (es decir, cometí un error) o b) me entero que esa persona tiene problemas existenciales y su malestar no es conmigo, es con alguien más, pero no le fue posible hablarlo en su momento. No obstante, la primera sensación al hablar con aquella persona es: “ya no me quiere, lo que sea que hice merece un castigo y nuestra amistad va a quedar anulada en este mismo instante”. 

Recuerdo algunas situaciones en las que intervenía mi padre. Si me regañaba, con esa mirada que me paralizaba de miedo, yo era culpable de algo mayúsculo. Siendo muy pequeña, un día le tomé una mano, la besé y le pedí perdón ante la aterradora realidad de no ser amada. Resulta que no había hecho nada malo, solamente me había comportado fuera de “sus” leyes que, en su mayoría, eran autoritarias, despojadas de toda intimidad, de la comprensión que todos buscamos en nuestros progenitores. Pero, y esto es fundamental, algo que todos debemos entender, él fue producto de una educación todavía más autoritaria, hija del miedo y de la culpa, en la que su padre, mi abuelo, debía ser perfecto y exigía obediencia y voluntad férrea de parte de todos sus hijos… y ¡fueron diecisiete!, aunque diez lograron vivir. Mi papá sufría lo indecible porque no podía comunicarse, no podía olvidar los años de castigos y austera disciplina que le fueron impuestos. Esto lo supe muchos años después al observarlo, al perdonar mis años de sufrimiento y a amarlo como mi esforzado padre, nada más. 

Para terminar, con toda compasión comparto contigo, querido lector/querida lectora, que es imperioso deshacernos de la culpa, que no necesitamos sufrir más a causa de esa espina que voluntaria o involuntariamente clavamos en nuestro corazón. Podemos reconocer nuestros errores. Podemos ofrecer una disculpa. Podemos aprender a remediar algo que estuvo equivocado para restituir la armonía en nuestro entorno. La culpa es otra hermana de la preocupación y realmente no la necesitamos. 

Extracto del Ensayo de Martha Sánchez Llambí
Ciudad de México
Abril 2009
Registro Público del Derecho de Autor
Núm.032009 – 060510551700-01
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